Dos cuentos de Salvador Elizondo (I): “Los museos de Metaxiphos”

Recopilados en Camera lucida, colección publicada en 1983, “Los museos de Metaxiphos” (reescritura de “L’île Xiphos”, de Paul Valéry –Histoires brisées, 1950–), y “La luz que regresa” (pariente cercano de los títulos que Juan Francisco Ferré inscribía como parte del «programa ontológico» de la vertiente audiovisual de la narrativa contemporánea en su artículo “Zona cero. El simulacro virtual como sucedáneo metaliterario en la narrativa contemporánea”) componen un bivio privilegiado en el orbe general de la obra de Salvador Elizondo. El hecho de que el uno inicie en donde el otro termina es simultáneamente el indicio, la faz más visible y explícita de una migración de correspondencias que no hará más que ahondarse al ritmo del roce sucesivo de sus elementos, y uno de los muchos ejemplos de coherencia interna de un volumen sometido como pocos (dado su carácter misceláneo y su pertenencia a un género ciertamente –salvo contadas excepciones– anquilosado en nuestro medio como es el del relato corto) a un inquebrantable ejercicio de rigor y de verificación profesional.

Comentaristas tan dispares como Adolfo Castañón y Daniel Sada, concuerdan en otorgar una importancia radical a esta colección en virtud de la enrarecida amplitud que en ella se extiende y en la cual hacen su aparición prácticamente todas las obsesiones de su autor; exhibidas y firmadas ya desde su primer libro y obra clave, Farabeuf, de 1965. La escritura de Elizondo, que no cesa nunca de interiorizar y con ello potenciar las imágenes que se han gestado en fases anteriores de sí misma, se ve en estos dos relatos, aparentemente imperfectos y hasta ingenuos –como me ha dicho alguien–, tributada con la recreación en miniatura de su geografía interna. Sada atribuye a la máquina de Moriarty el papel de metáfora máxima de la escritura de Elizondo: «Es “la luz que regresa”. Es la cámara cuya pantalla materializa escenas del pasado. Es la metáfora extrema. El escritor puede ver a través de esta cámara a su lector, mismo que lee Camera lucida en un lugar enigmático». Metaxiphos, diremos nosotros, no lo es menos, pero no remitida al ámbito propio del privilegio de un gesto único, la mirada –verse escribir que escribe–, sino en virtud de la inscripción del espaciouno de absoluta libertad, escenario de una armonía imposible y de tránsitos paradojales– como elemento descriptivo privilegiado: perfectamente descrito pero inaccesible, a no ser en los intersticios en que en ese régimen de media luz que es la escritura, penetra, como trazo y vocación de apertura, «la luz que regresa».

La tarea de una trascripción y comentario relato a relato de esta colección queda como tarea a realizar en una serie de entradas que irán apareciendo a lo largo de este año. Baste, por ahora, como comienzo de lo que es la única forma de homenaje que logro concebir a uno de mis escritores predilectos, este par de relatos.

LOS MUSEOS DE METAXIPHOS

Es bien sabido –y el testimonio de Paul Valéry lo confirma en la más elaborada de sus Histoires brisées– que nadie se ha aventurado más de unas cuantas leguas a lo largo de ese brazo de arena finísimo que se extiende hacia el sur desde la isla de Xiphos y que se supone o bien que no termina nunca o que se ensancha y se convierte en otra isla o casi isla que la conseja o la leyenda nombran Metaxiphos. De hecho la existencia conjetural de esta península remotísima ha dado lugar al más desaforado tráfico de leyendas que los xipheños, astutos comerciantes, tratan de capitalizar. Las agencias de viajes ofrecen visitas guiadas a Metaxiphos, pero los propios turistas deciden o imploran, después de algunas horas de viaje, volver a Xiphos. Abundan los testimonios falsos que bajo todas las formas literarias conocidas se contradicen radicalmente entre ellos y por lo tanto no son dignos de confianza, así que escojo entre las que han llegado a mis manos la única que tiene la descarada pretensión de ser una publicación oficial, printed and made in Metaxiphos; su distribución, dice, es gratuita. Se trata de una Guía de los museos de Metaxiphos. En una breve introducción firmada por el Cuidador General de los Museos se nos informa que en Metaxiphos no hay nada, solamente museos. Luego vienen sumariamente descritas las colecciones, ahorrando al visitante o al lector las enervantes enumeraciones o las referencias eruditas incomprensibles al turista sensuel moyen. Resumo y compendio a continuación la descripción de las principales colecciones.

El folleto comienza con la descripción del Museo Analógico. No dice cuándo fue fundado ni por quién. En él se exhibe una rica colección de cosas ficticias, objetos artificiales, obras apócrifas, documentos falsos, imitaciones tan perfectas que es imposible distinguirlas de sus modelos más que por la discriminación y la diferenciación minuciosa de su materia, su forma y su función que entre ellas están trastocadas y confundidas. El diorama llamado “Guillermo Tell” nos muestra una flecha y una manzana; la flecha es de la materia frutal de la manzana y ésta es de hierro, madera y plumas. Asimismo se conservan allí algunos objetos –no muchos– que a pesar de ser ficticios no difieren de los originales no en la forma ni en la función ni en la materia y algunos –pocos pero muy interesantes– en que estas cualidades son sometidas a sutilísimas combinaciones. Hay también muestras de objetos idénticos de forma y función pero de materia diferente: un par de hachas, una de hierro y otra de corcho que no difieren una de la otra ni siquiera por el peso.

En el Museo Poético-Filosófico se guardan las concreciones sensibles de las imágenes, nociones o figuras abstractas. El bibelot abolido, el binomio de Newton y la estatua de Condillac, son según la Guía, las piezas más notables que guarda este museo. Esta última es la materialización animada de todas las operaciones de los sentidos, lo que da por resultado una figura constantemente cambiante y movediza que al mismo tiempo que se transforma y se agita va describiendo en la lengua de los mathematikoi la realidad del mundo según los estímulos que se generan en un teclado como el de un piano. La estatua de Condillac interpreta, por así decirlo, la danza de las sensaciones puras, sin sujeto que las experimente.

El más grande de los museos de Metaxiphos es el Museo de la Realidad. Sus vastísimas colecciones están compuestas únicamente de objetos que no tienen ningún interés, objetos sin importancia y sin sentido, cosas cualesquiera. Los objetos que allí se exhiben no carecen de cualidades sensibles y hay una gran variedad de ellos, pero ni sus cualidades ni sus cantidades son suficientes para despertar el interés del visitante. Si ocurriera que algunos de esos objetos inanes despertara el interés de alguien cualquiera, entonces sería inmediatamente trasladado al museo que le corresponde. Supongamos que una manzana cualquiera sugiere al visitante la idea de que los cuerpos se atraen en razón directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente al cuadrado de la distancia que los separa, entonces esa manzana es exhibida en el Museo Poético-Filosófico con el nombre de “La manzana de Newton”.

Hay también el Museo de las Cosas Pías. No encontraría el visitante en el de la Realidad ninguna de las cosas que se guardan en éste, aunque la mayor parte proviene directamente de la naturaleza. Ellas se distinguen en la realidad por la propiedad que tienen de no ser fácilmente distinguibles: las cosas de forma y accidentes difusos e imprecisos las cosas moteadas, jaspeadas y pintas; guijarros, plumajes, conchas, huevos, pelambres, así como pinturas de Seurat y de Vuillard. Hay una espléndida colección taxidérmica con todos los animales de pelambre tabí, desde el rocín de don Quijote hasta el gato de Cheshire.

Sin duda uno de los museos más interesantes de Metaxiphos sería el Museo Idumeo. Se conservan allí vestigios y huellas de seres y cosas anteriores a nuestro mundo: instrumentos inexplicables, ostraka decorados con grecas rojas, pequeños fósiles incunables. La antigüedad de estos objetos es tanta que su puro contacto directo es letal. Se exhiben, no sin provocar una sensación dolorosa e inquietante al espectador, en vitrinas selladas.

Otro, el Museo Técnico, guarda especímenes mecánicos y gestuales de técnicas puras. Se exhiben allí complicadísimas máquinas y aparatos que no sirven para nada o cuya función nadie conoce. Algunas de ellas son puestas en marcha en días fijos. (Consultar en la administración el programa mensual). Otra sección contiene los dioramas que ilustran diversas técnicas manuales y corporales que no tienen sentido ni utilidad alguna: la tauromaquia sin toro, la cirugía sin paciente, el shadow-boxing, el ajedrez contra sí mismo y una vasta colección de técnicas antiguas para la resucitación de los muertos, algunas de ellas a cual más pintorescas.

El Museo en Sí viene a ser como el arquetipo último de todos los museos. De hecho es un museo de sí mismo o un museo que tiene por objeto mostrarse tal cual. Todos los muros, el plafón y el piso son de espejo. Por lo demás, está vacío. El visitante se convierte en el objeto expuesto, un objeto que se muestra y se contempla a sí mismo en calidad de pieza e museo.

El recinto llamado Mnemothreptos alberga tres colecciones: una, muy extensa y heterogénea, de cosas olvidadas; otra pequeña, pero muy selecta de cosas inolvidables. Los ejemplares de estas dos colecciones no tienen materia y parecen estas apenas como sugeridos. No se manifiestan sensiblemente con toda precisión más que cuando recordamos las primeras o cuando olvidamos las segundas. La tercera sección –muy interesante– contiene el Diorama Sinóptico que exhibe una exquisita colección de cosas inolvidables ya olvidadas.

Saliendo del Mnemothreptos a mano derecha se extiende el pequeño Arborium en el que se conservan algunos ejemplares particularmente notables por la propiedad que tienen de producir en quien se pone a su sombra la sensación de estar en otra parte, de estar en el lugar de origen de cada árbol. Así, hay una higuera en cuya fronda el visitante se siente estar en la India y puede oír, en el frotamiento de sus hojas, correr las aguas del Ganges.

En seguida del Arborium hay otro museo, no muy grande. Es el Museo de lo Imposible. En él se conserva la realización o la demostración de cosas y operaciones imposibles: la trisección del ángulo por procedimientos geométricos, la acción a distancia, la creación ex nihilo, la escritura inmediata, el mind reading y la fórmula para determinar los números primos. En todos los casos se trata de simulacros y conjuros que hacen que esas operaciones sean posibles, pero sólo aparentemente. Fuera del museo es imposible aplicar los procedimientos que se demuestran en su interior, como si las leyes que los determinan y los rigen no tuvieran ninguna validez fuera de él. Un reloj dotado de movimiento perpetuo da puntualmente la hora.

El Museo Heteróclito exhibe las piezas excedentes de los demás museos de Metaxiphos menos el de la Historia, pero sin orden alguno. La ausencia de clasificación y rotulación de los objetos hace que se nos revelen sorpresivamente por sus cualidades esenciales más que por su ordenamiento dentro de un conjunto discreto o por su mero nombre. Este museo debe visitarse al final con objeto de poder re-conocer los objetos más característicos. Las muestras ilustran el principio de desclasificación de las cosas que aquí se exhiben tal que en sí mismas la eternidad al fin las transforma.

Cabe mencionar por último el que seguramente es el más interesante de Metaxiphos: el Museo de la Historia, un pequeño edificio dispuesto en forma de anfiteatro cubierto en el que sólo se conserva el cronostatoscopio o “cámara de Moriarty” que sirve para condensar la luz que regresa…

(Camera lucida, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2002, p. 155-160).

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