Dos cuentos de Salvador Elizondo (II): “La luz que regresa”

LA LUZ QUE REGRESA

Es más fácil prever el destino que escapar a él. Siempre pienso en esta sentencia con la que Plutarco comenta los últimos días de Julio César, cuando viene a mi mente el recuerdo, ahora ya lejano, de aquella velada memorable del 15 de marzo de 1997 que nos congregó en torno al profesor Moriarty y su asombroso invento. Muchos años han pasado desde entonces y sin embargo sus palabras y las enigmáticas visiones que nos mostró aquella noche en su aparato permanecen intactas al margen de su paso. ¡Cómo tiembla todavía la espada en la mano de Casca antes de asestar el primer golpe! No así la voz ni los gestos de Moriarty. Todavía resuenan en mis oídos las palabras con que inició aquella noche la demostración de su invento: el cronostatoscopio, instrumento hoy llamado “cámara de Moriarty” y cuyo uso se ha generalizado entre los historiadores. De pie ante la consola de controles del enorme paralelogramo translúcido comenzó por explicarnos los principios generales de su teoría y del funcionamiento de la cámara cronostática. Acerca de la primera: “Se equivoca Heráclito al negar la posibilidad de bañarnos dos veces en el mismo río…Basta para ello sustraer una cantidad de agua suficiente para bañarnos dos veces…” Acerca del segundo: “El tiempo es un sistema de cintas que corren en diversas direcciones y diferentes velocidades… es posible mediante mi invento pasar de una a otra, aumentar o disminuir su velocidad, detener su marcha, regresar su curso…”

Moriarty había trabajado toda su vida en dar una expresión real y sensible de la teoría que había ideado en su mente mediante fórmulas matemáticas. Le parecía que nada vale una teoría que no se puede demostrar en la práctica. Su empeño no fue en vano; con obstinado rigor dedicó los mejores años de su vida a lograr el objetivo que se había impuesto en su juventud: poder observar los acontecimientos de la Historia en el momento y en el lugar en que se producen.

Su razonamiento era bastante simple y solía ilustrarlo con ejemplos sacados de la técnica del cine con la que es posible invertir el orden de los sucesos.

 

Los romanos, convencidos de que Julio César era el más virtuoso entre ellos, pues había devuelto la paz a la República después de una larga serie de guerras civiles, consideraban la posibilidad de coronarlo Rey. A su regreso triunfal a Roma después de la batalla de Farsalia en que había derrotado a Pompeyo, el último de sus enemigos, algunos ciudadanos adeptos le ofrecieron, durante la fiesta de la Lupercalia, la corona que en tres ocasiones rechazó en nombre de sus convicciones republicanas si bien tal vez aspiraba secretamente a ella. El Senado, movido por la inquebrantable lealtad republicana de César, discute el asunto pero César no se apura a manifestarse ni en pro ni en contra. Más bien convoca al Senado en los idus de marzo. Mientras tanto consulta los augurios y los signos, los mensajes enigmáticos, los presagios, interroga al destino…

Éstos fueron, más o menos, los términos en que Moriarty resumió el material histórico que serviría para la demostración del cronostatígrafo. “Es bien sabido –agregó– que a su retorno triunfal a Roma César fue enfrentado por un viejo adivino que le dijo que se guardara de los idus de marzo… Este hecho aparentemente pintoresco ha sido para nosotros de gran importancia, pues nos ha servido de punto de referencia para dirigir el rayo antitiempo hacia el punto en que su continuidad y su sucesión se rompen, hacia donde la cinta cronológica salta o se corta por obra de la predicción del vidente o del presagio…”

 

Un enorme cubo, aparentemente de cristal translúcido, se alzaba a mitad del salón de conferencias. No era posible ver nada a través de esa luz que parecía contener, en su interior, una luz inerte que no emanaba o traspasaba las paredes invisibles en que estaba encerrada. El doctor Moriarty dio la orden de apagar las luces principales y sentándose ante los controles dijo: “Guiándonos por la luz del cometa que apareció en aquellos días y del que hablan todos los historiadores, intentaremos retroceder dos mil cuarenta y un años hasta tal fecha como la de hoy, los idus de marzo, del año 44 antes de Cristo…” Moriarty oprimió el interruptor general. La luz o la substancia contenida en el cubo de la cámara se condensó formándose negra e impenetrable como si fuera un enorme bloque de basalto. Un zumbido se fue haciendo un poco más agudo. “Ya se pone en marcha hacia el pasado, pero muy lentamente”, dijo. Moriarty hacía girar las manivelas de la consola; las agujillas de los indicadores temblaban en los cuadrantes tenuemente iluminados; la cronobrújula que señalaba el rumbo de los tiempos giraba en el indicador principal. De pronto fue claramente visible, en el interior del cubo, una perturbación  de esa luz líquida y como emitidas desde el centro mismo del bloque se escucharon, invertidas, las palabras que Moriarty acababa de decir: “Et nem at nel yum ore p od da sap le ai cah ach ram ne enop es ay…” –como cuando se pasa una banda sonora al revés. Luego apareció en el centro del aparato una mancha muy tenue, de luz azul, que se iba tornando gris, gris cada vez más opaco y a la vez más intenso. “Se está condensando la luz que regresa –dijo Moriarty–. Esa mancha de luz gris que se está formando en el centro de la cámara cronostática es la primera señal que empezamos a captar del punto del tiempo hacia el que nos dirigimos… es la luz del cometa…” La masa de luz opaca contenida en el aparato se condensaba  y difundía formando figuras vagas, turbias, sin contornos precisos, que por segundos semejaban objetos reales y cosas conocidas. Sentado a la consola de mando, Moriarty piloteaba la nave en que surcábamos el mal del tiempo.

 

En la víspera de los idus de marzo el sueño de César se rompió a media noche por los gemidos lastimosos de su mujer, Calpurnia, que conmovida por el sueño que había soñado, despertó llorando.

–He visto en mis sueños cosas extrañas y tristes –dijo Calpurnia sollozando–; he visto caer, oh César, abatido por el rayo, el pináculo con el que el Senado te honró a tu regreso victorioso de las Galias… –Calpurnia calló, después de un momento agregó con voz temblorosa–: Soñé también… que yacías en mis brazos… ¡muerto…!

La luz contenida en la cámara de Moriarty se animó de lentas transformaciones; vimo entonces, pero en sentido inverso, el sueño de Calpurnia: cómo los fragmentos dispersos en el suelo se reúnen para formar el pináculo que luego asciende por los aires hasta quedar colocado en la parte más alta de la casa y cómo la punta del relámpago retrocede y desaparece…

–Vayamos un poco más atrás –dijo Moriarty haciendo girar la manivela de control. La escena cambió bruscamente–. Ahora se puede ver –continuó– al hombre de puños de fuego y a los hombres que se elevan en llamas y luego caen… ah, hemos llegado a la fiesta de la Lupercalia… es el momento en que César se encuentra por primera vez con el adivino… es el punto de arranque de esta historia; detengámosla allí –Moriarty orpimió el botón del interruptor. La imagen se detuvo. Como un bajorrelieve antiguo entrevisto en la bruma se veía difuso e informe el momento en que el viejo adivino exclama: “!Guárdate, oh César, de los idus de marzo…!”

–Ahora vayamos unos días en dirección al presente, días después de la Lupercalia… –dijo Moriarty.

Vimos entonces aparecer en el interior del cubo opalino otra vez el pináculo; esta vez en el momento en que era tocado por la punta del rayo y caía al suelo rompiéndose en pedazos.

 

Ante la multitud de presagios nefastos y confundido por los sueños de Calpurnia, César dudó si acudir al Senado al día siguiente. Cediendo a los ruegos de su mujer decide no acudir. En eso llega Decio Bruto, su amigo y heredero que secretamente se había unido a los conspiradores. César le dice que los senadores le ofrecerán la dictadura de por vida y que si no va tal vez se sientan desairados y no le ofrezcan la corona hasta otra ocasión en que Calpurnia tenga sueños más felices. César accede finalmente y todos se dirigen al Senado. Pero entonces las figuras vagas que componían la representación comenzaron a descomponerse y a borrarse. El zumbido del aparato se hizo más agudo, apenas soportable. Moriarty oprimió el interruptor y dijo:

–Los electrodos que generan la luz antitiempo se han calentado; dejaremos que se enfríen unos minutos que podríamos aprovechar para discutir el desempeño de mi invento hasta ahora…

Alguien lo interpeló desde el fondo del salón. Ya no recuerdo quién, pues han pasado casi cincuenta años desde aquella velada memorable a fines del siglo pasado:

–Profesor Moriarty –dijo–, el funcionamiento de su aparato responde en todo a la lógica más sencilla y natural y por lo mismo más clara y más cierta, pero quisiera preguntarle si su teoría contempla la posibilidad de entrar en contacto directo con esos personajes que difusamente pueblan el interior de su aparato, … si no es posible… ¿cómo diría yo…? hablar con ellos, prevenir a César de lo que le espera en el Senado, al pie de la estatua de Pompeyo…?

–Yo mismo lo he intentado algunas veces.

– ¿Cómo, doctor Moriarty…?

–Muy fácil; basta encontrar un resquicio para colarse en la Historia…

–¿Un resquicio…?

–Sí, un vacío histórico que no esté ocupado por nadie y que uno mismo puede ocupar –dijo Moriarty. Tomó un respiro y luego continuó–: ¿Quién es el misterioso Artemidoro de Cnidos que advierte a César, a pocos pasos de la estatua de Pompeyo…? Artemidoro, que aparece en Shakespeare, es una mentira de Plutarco. Estrabón y Tito Livio lo niegan…Proyectaré ahora esa parte.

Las luces se apagaron. Confusas formas se movían en tumultuosas condensaciones y rarefacciones de la luz dentro del aparato. Va llegando el cortejo de César. Al fondo el pórtico del Senado y más allá la estatua de Pompeyo. La acción se detiene.

–Éste es el momento en que César vuelve a encontrarse con el adivino –dijo Moriarty–. César le dice: “Y bien, los idus de marzo han llegado…” y el adivino le responde: “Sí, César, pero no se han ido…” y sigue su camino hacia el interior del Senado. Cuando está a pocos pasos de la estatua de Pompeyo, Moriarty interrumpe la acción nuevamente. Las figuras desaparecen.

–Habrán notado ustedes –continuó diciendo Moriarty– que en todo el trayecto entre el encuentro con el adivino y la entrada al Senado la figura de Artemidoro, llamado “el sofista”, no aparece por ningún lado… pero lo que el arte agrega a la historia consigue en cierta medida manifestarse sobre la imagen original. –Hizo girar la manivela y la imagen se detuvo en el instante en que al lado de la figura de César se advierte claramente un hueco o un vacío negro–. Esa mancha negra junto a César –siguió diciendo Moriarty– es la ausencia o la mentira de Artemidoro que puede ser ocupada por alguno de nosotros para llegar hasta César y entregarle el mensaje… ¿Alguno de ustedes quisiera probar…?

Moriarty entonces se dirigió a un famoso latinista que se hallaba presente –ya no recuerdo cómo se llamaba– y que se limitó a decir que aun si conseguía llegar hasta César ello no cambiaría el curso de la historia. El profesor Moriarty llamó entonces a uno de sus asistentes para que tomara su lugar en la consola de controles y penetró como por ósmosis en el interior del enorme cubo luminoso que al instante se extingue y no deja ver en su interior más que una tiniebla opaca. El asistente puso el aparato en marcha nuevamente. Apareció entonces la misma escena de la llegada de César al Senado, sólo que en esta ocasión vemos, de espaldas, a un hombre que trata de abrirse paso a codazos y empellones entre la multitud para llegar hasta él. Por fin logra acercarse y sigue a César unos pasos tendiéndole el mensaje. Cuando por fin podemos ver su cara nos damos cuenta de que bajo la larga cabellera y detrás de la venerable barba del mentido Artemidoro el profesor Moriarty trata de prevenir a César.

–¡Es el profesor Moriarty! –exclama alguien desde el fondo de la sala en penumbra

El intruso en la Historia consigue al fin entregar el mensaje. Sin leerlo César lo guarda entre los pliegue de su túnica y sigue su camino entre las aclamaciones de la plebe romana.

El asistente oprimió entonces el botón de progresión hacia el presente y Moriarty emergió de la cámara como si fuera materializándose conforme iba saliendo de ella. Todos prorrumpimos en una calurosa ovación. Moriarty se pone otra vez al frente de los controles y echa a andar el aparato. Ya asciende César por la escalinata del Senado; ya llega al estilóbato; ya cruza el peristilo del pórtico y se dirige hacia la estatua de Pompeyo al pie de la cual aguardan Marco Bruto, Casio, Trebonio y los demás conspiradores. ¡Cómo tiembla la espada en la mano de Casca cuando tira el primer golpe! ¡Cómo cae el César al pie de la estatua de su enemigo! ¡Venganza, fatalidad, destino…!

 

El profesor Moriarty no tuvo tiempo –murió antes de que terminara el siglo veinte– de perfeccionar su invento al grado de poder penetrar y estudiar el futuro. Ahora que el cronostatoscopio es un instrumento de uso común y al alcance de cualquiera en un sinnúmero de modelos de muy variados precios y que nuestro conocimiento y nuestra visión del pasado son perfectos, resta, como en los tiempos de Julio César, aprender a discernir el futuro. Te preguntarás, joven lector, cuál ha sido entonces el propósito y la finalidad o el destino de este relato. En mi pequeña cámara cronostática de modelo económico puedo verte leyendo este libro que ahora tienes ante los ojos; es allá por los años ochenta del siglo pasado, muchos años antes de aquella memorable velada del 97; puedo verte consultar en el diccionario las palabras ósmosis, estilóbato, peristilo conforme lees. Te preguntas cómo es que este escrito ha llegado a ti medio siglo antes de que yo lo escribiera y casi veinte años antes de que sucedieran los hechos que narra.

Pues bien, todo ello es posible gracias a la prodigiosa invención de Moriarty.

(Camera lucida, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2002, p. 161-170).

 

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Comments
3 Responses to “Dos cuentos de Salvador Elizondo (II): “La luz que regresa””
  1. Pamela dice:

    es muy bonito este cuento

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