Call me Charles

Charles Olson es el autor de tres de los libros que (junto con Zama, de Antonio di Benedetto; Farabeuf y Elsinore, de Salvador Elizondo, y El charlatán, de Louis-René des Forêts) más veces he releído en los últimos tres años. El primero de éstos es también su primer libro publicado, Call me Ishmael. A study of Melville (1947), un tan profundo como singularmente escrito estudio sobre Moby-Dick, que cambió por completo mi forma de leer y de relacionarme con un aspecto que había tenido hasta el momento en poca o ninguna estimación, pero que constituye hoy una de mis preocupaciones centrales, a saber, la existencia de una o varias versiones manuscritas (o parcialmente impresas) de una misma obra, esa fase de construcción del libro en que rayones y notas al margen configuran la mínima región en que las escrituras posibles se encuentran, en idéntico rango de latencia, más cerca que nunca unas de las otras.

El segundo libro, The Maximus Poems, cuya primera edición completa es de 1983, es, a la forma de los Cantos, de Ezra Pound y el Paterson, de William Carlos Williams, una exploración de la historia norteamericana llevada a cabo con la finalidad de poner cara a cara a la palabra poética y al que consideraba el «central fact» del hombre nacido en los Estados Unidos: el espacio, la vastedad geográfica que la imaginación, relevo de la limitada acción física del hombre, pobló, en cada caso, de ballenas, de industrias, de crudas escenas de pavor o bien de indagaciones que condujeran a nuevas experiencias de la palabra, indagaciones que, en el caso de Olson, le llevaron a aprovechar, tanto como le fue posible, los beneficios de una intuición que le acompañó desde muy temprano: la escritura no ha sido ni será nunca un ejercicio que pueda efectuarse en términos de aislamiento, de estricta soledad. Testimonio de ello es la prolongada relación epistolar que mantuvo con Robert Creely y que recogida en Charles Olson & Robert Creely: The Complete Correspondance, compone un magnífico documento en que el compromiso inquebrantable con la práctica del ejercicio poético carga de pertinencia y de sentido a un amplísimo repertorio de temas, que no dejan nunca de considerarse al completo, en pequeños bloques de una sorprendente actividad y coherencia interna. Quizá sólo las cartas de Wallace Stevens, las de Jacques Vaché a André Breton, las de Denis Diderot a Sophie Volland y las de Joseph Roth, me hayan gustado tanto como este conjunto.

Esta entrada, los dos párrafos anteriores, pueden considerarse como parte de un post en construcción en torno a Olson y su primer libro, el cual vendrá una vez que termine mi lectura de Leviatán o la ballena, de Philip Hoare y mi relectura de Moby-Dick.


 

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