Anábasis, de Saint-John Perse (II): VI-X

VI

 

Todopoderosos en nuestros grandes gobiernos militares, con nuestras hijas perfumadas que se vestían de un soplo, esos tejidos,

armamos en altos parajes nuestras trampas para la dicha.

Abundancia y bienestar, dicha! Y también largo tiempo nuestros vasos en los que el hiel podía cantar como Memnón…

 

Y extraviando en el ángulo de las terrazas una reyerta de relámpagos, grandes platos de oro en manos de las sirvientas segaban el hastío de las arenas en los linderos del mundo.

Fue luego un año de vientos en Oeste y, sobre nuestros techos lastrados con piedras negras, toda una charla de telas vivas entregadas a las delicias del espacio. A lo largo de los cabos los caballeros, asaltados por águilas luminosas y nutriendo en las puntas de las lanzas las catástrofes puras del buen tiempo, publicaban sobre los mares una ardiente crónica:

Ciertamente! una historia para los hombres, un canto de poder para los hombres, como un estremecimiento del espacio en un árbol de hierro! leyes promulgadas en otras riberas, y las alianzas por hembras en el seno de los pueblos disolutos; grandes países subastados bajo la inflazón solar, las altas mesetas planificadas y las provincias puestas a subasta entre el olor solemne de las rosas…

 


Aquellos que al nacer no han husmeado tal brasa, qué tienen que hacer entre nosotros? Y es posible que tengan comercio con los vivos?

“Asunto vuestro y no mío es reinar sobre la ausencia…” En cuanto a los que estábamos allí, suscitamos en las fronteras extraordinarios incidentes, y llegando en nuestras empresas al límite de nuestras fuerzas, nuestra alegría entre vosotros fue una grande alegría:

“Conozco esta raza radicada en las laderas: caballeros descabalgados en los cultivos hortelanos. Id y decidle: un inmenso peligro a correr con nosotros! acciones sin número y sin medida, voluntades poderosas y disipadoras y el poder el hombre exprimido como el racimo en la viña… Id y decid claramente: nuestros hábitos de violencia, nuestros caballos sobrios y rápidos sobre las simientes de revueltas y nuestros cascos husmeados por el furor del día… En los países agotados en que deben renovarse las costumbres, tantas familias por acomodar como jaulas de pájaros silbantes, nos veréis, con nuestras maneras de obrar, congregadores de naciones bajo vastos hangares, lectores de bulas en alta voz, y veinte pueblos bajo nuestras leyes hablan todas las lenguas…

“Y ya sabéis la historia de su predilección: los capitanes pobres en las vías inmortales, los notables en muchedumbre venidos para saludarnos, toda la población viril de la añada con sus dioses en andas, y los príncipes caídos en las arenas del Norte, sus hijas tributarias prodigándonos las seguridades de su lealtad, y el Amo dice: tengo fe en mi destino…

“O bien les contáis las cosas de la paz: en los países infestados de bienestar un olor de foro y de mujeres núbiles, las monedas amarillas, timbre puro, manoseadas bajo las palmeras, y los pueblos en marcha sobre fuertes especias –dotaciones militares, vastos mercados de influencias en las barbas de los ríos, el homenaje de un poderoso vecino sentado a la sombra de sus hijas y los mensajes cambiados sobre laminillas de oro, los tratados de amistad y de límites, las convenciones del pueblo sobre las presas de los ríos, y los tributos colectados en los países entusiasmados! (construcciones de cisternas, de granjas, de establos para la caballería– los enlosados de un azul vivo y los senderos de ladrillo rosa– los despliegues de telas a las anchas, las confituras de rosas melificadas y el potro que nos ha nacido entre la impedimenta del ejercito– los despliegues de telas a las anchas y, en los espejos de nuestros sueños, el mar que enmohece las espadas, y el descendimiento, una noche, hacia las provincias marítimas, hacia los países del gran ocio y nuestras hijas perfumadas, que nos apaciguarán con un soplo, esos tejidos…”)

 

–Así a veces nuestros umbrales urgidos por un singular destino y, tras los pasos precipitados del día, de este lado del mundo, el más vasto, en donde el poder se exilia cada noche, toda una viudez de laureles!

Pero en la noche, un olor de violetas y de arcilla, en las manos de las hijas de nuestras mujeres, nos visitaba en nuestros proyectos de establecimiento y de fortuna

 

y los vientos calmos albergaban en el fondo de los golfos desérticos.

 

 

VII


No habitaremos siempre estas tierras amarillas, nuestra delicia…

 

El estío más vasto que el Imperio suspende de las mesas del espacio muchos pisos de climas. La tierra vasta en su era echa a rodo su pálida brasa bajo las cenizas. –Color de azufre, de miel, de cosas inmortales, toda la tierra enyerbada encendiéndose  en las pajas del otro invierno– y con la esponja verde de un solo árbol el cielo extrae su jugo violeta.

 

¡Un lugar de rocas de mica! Ni una simiente pura en las barbas del viento. Y la luz como un óleo. De la hendidura de los párpados al filo de las cimas uniéndome, conozco la piedra agallada, los enjambres del silencio en las colmenas de luz; y mi corazón se preocupa por una familia de acridios…

 

Camellas dulces bajo el esquilmo, cosidas malvas cicatrices, que las colinas se encaminen bajo la guía del cielo agrario –que caminen en silencio sobre las incandescencias pálidas del llano; y se arrodillen al final, entre el vaho de los sueños, allí donde se extinguen los pueblos en los muertos polvos de la tierra.

Son grandes líneas quietas que marchan hacia el azuleo de viñas improbables. La tierra en más de un punto madura las violetas de la tormenta; y esos vahos de arena que se levantan en remplazo de los ríos muertos, como faldones de siglos en viaje.

 

En voz baja para los muertos, en voz más baja en el día. Tanta dulzura en el corazón del hombre, es posible que falle en la búsqueda de su medida?… “¡Te hablo, alma mía! alma mía entenebrecida por un perfume de caballo!” Y algunos grandes pájaros terrestres, navegando en el Oeste, son buenos mimos de nuestros pájaros de mar.

 

En el oriente del cielo tan pálido, como un lugar sagrado sellado con las vendas del ciego, quietas nubes se alistan, allí donde voltean los cánceres del alcanfor y del cuerno… Humos que un soplo nos disputa! la tierra toda espera en sus barbas de insecto, la tierra pare maravillas!…

 

Y a medio día, cuando el árbol enebro hace estallar los cimientos de las tumbas, el hombre cierra sus párpados y refresca su nuca en las edades… Cabalgatas del sueño en el lugar del polvo muerto, ¡oh vanas rutas que un soplo desmelena hasta nosotros! ¿dónde hallar, dónde los guerreros que vigilarán los ríos en sus bodas?

Al clamor de las grandes lluvias en marcha sobre la tierra, toda la sal de la tierra se sobresalta en sueños. Y de repente, ¡ah! qué nos quieren de repente esas voces? Levantad un pueblo de espejos sobre el osario de los ríos, que lancen apelación en el discurrir de los siglos! ¡Erigid piedras a mi gloria, erigid piedras al silencio, y a la custodia de estos lugares las caballerías de verde bronce sobre vastas calzadas!…

 

(La sombra de un gran pájaro me pasa sobre el rostro).

 

VIII

 

Leyes sobre la venta de los jumentos. Leyes errantes. Y nosotros mismos. (Color de hombres).

Compañeras nuestras estas altas trombas en viaje, clepsidras en marcha sobre la tierra,

y los chubascos solemnes, de una substancia maravillosa, tejidos de polvos y de insectos, que perseguían a nuestros pueblos en las arenas como el impuesto per capita.

(A la medida de nuestros corazones fue tanta ausencia consumida!).

 

No es que la etapa fuese estéril: al paso de las bestias sin alianzas (nuestros caballos puros a los ojos de los mayorazgos), muchas cosas emprendidas sobre las tinieblas del espíritu –muchas cosas ociosas sobre las tinieblas del espíritu– grandes historias seleucidas al silbo de las frondas y la tierra librada a las explicaciones…

 

 

Otra cosa: esas sombras –las prevaricaciones del cielo contra la tierra…

 

Jinetes contra tales familias humanas, en las que los odios cantaban a veces como gorriones, ¿levantaremos el foete contra las palabras castradas de la felicidad? –Hombre, pesa tu peso calculado en trigo. Un país como éste no es el mío. ¿Qué me ha dado el mundo sino este menearse de hierbas?

 

Hasta el lugar llamado “El Árbol Seco”:

y el relámpago famélico me asigna provincias en Oeste.

 

Pero más allá están los ocios mayores, y en un vasto

País herboso y desmemoriado, la añada sin lugar y sin aniversarios, adobada de auroras y fogatas. (Sacrificio al alba de un corazón de ovejo negro).

 

Caminos del mundo. El uno os sigue. Autoridad sobre todos los signos de la tierra.

¡Oh! viajero en el viento amarillo, predilección del alma!… y el grano, dices, por la chinche indiana poseído, que lo muelan! virtudes inebriantes.

 

Un gran principio de violencia regía nuestras costumbres.

 


 

IX


Después de tanto tiempo de andar hacia el Oeste, qué sabíamos de las cosas

perecederas?… y de repente bajo nuestro pies los primeros vahos…

 

–¡Muchachas! y la naturaleza de un país por vosotras es toda perfumada:

 

“…Te enuncio los tiempos de un gran calor y las viudas chillonas sobre la disipación de los muertos.

Aquellos que envejecen en el uso y cuidado del silencio, sentados en las cimas, consideran las arenas

y la celebridad del día en las radas foráneas;

pero el placer en el flanco de las mujeres se compone, y en nuestros cuerpos de mujeres hay como una fermentación de uva negra y no hay descanso con nosotros mismos.

 

 

“Te anuncio los tiempos de un gran favor y el júbilo e las hojas en nuestros sueños.

Aquellos que conocen las fuentes nos dirán a la noche

bajo qué manos oprimiendo la viña de nuestros flancos

se hinchen nuestros cuerpos de una saliva? (Y la mujer se ha acostado con el hombre en la hierba; se levanta, pone en orden las líneas de su cuerpo, y el grillo alza el vuelo sobre su ala azul).

“…Te anuncio los tiempos de un gran calor, y parejamente la noche, bajo el ladrido de los perros, ordeña su placer en el flanco de las mujeres.

Pero el Extranjero vive bajo su tienda, honrado con lactinios, con frutas. Le llevan agua fresca

Para enjugar su boca, su rostro, su sexo.

A la noche le llevan grandes mujeres estériles (¡ah, más nocturnas en el día!) Y acaso de mi también sacará su placer. (No sé cuáles son sus maneras de ser con las mujeres).

“…Te anuncio los tiempos de un gran favor y el júbilo e las fuentes en nuestros sueños.

Abre mi boca a la luz, como un lugar de miel entre las rocas, y si se encuentra falta en mí, que me despidan, sino

que vaya yo a la tienda, que vaya yo desnuda, cerca del cántaro, bajo la tienda,

y compañera del ángulo de la tumba, me verás largo tiempo muda bajo el árbol-doncella de mis venas… ¡Un lecho de instancias bajo la tienda, la estrella verde en el cántaro, y que esté yo bajo tu fuerza! ninguna sirvienta bajo la tienda que no sea el cántaro de agua fresca! (Sé salir antes del día sin despertar la estrella verde, el grillo en el umbral y el ladrido de los perros de toda la tierra).

Te anuncio los tiempos de un gran favor y la felicidad de la noche sobre nuestros párpados perecederos…

¡pero por el momento aún es el día!

–y de pies sobre el filo reluciente del día, en el umbral de un gran país más casto que la muerte,

las muchachas meaban entreabriendo la tela pintada de sus faldas.


 

X

 

Escoge un gran sombrero cuya ala sea seducible. El ojo retrocede un siglo en las provincias del alma. Por la puerta de cal viva se ven las cosas de la llanura: cosas vivas, ¡oh, cosas

excelentes!

 

sacrificios de potros en tumbas de niños, purificaciones de viudas en las rosas y congregaciones de pájaros verdes en los patios para honrar a los viejos;

 

¡muchas cosas sobre la tierra por oír y por ver, cosas vivas entre nosotros!

 

¡celebraciones de fiestas al aire libre en lo aniversarios de grandes árboles y ceremonias públicas en honor de una charca; dedicatorias de piedras negras, perfectamente redondas, invenciones de fuentes en lugares muertos, consagraciones de telas enastadas, en las cercanías de los desfiladeros, y aclamaciones violentas, bajo los muros, por mutilacioes de adultos al sol, por exhibiciones de sábanas esponsalícias!

 

muchas otras cosas aún a la altura de nuestras sienes: las curaciones e bestias en lo suburbios, los movimientos de multitudes ante los esquiladores, los poceros y los castradores; las especulaciones al soplo de las cosechas y la ventilación de hierbas, en la punta de las horquillas, sobre los techos; las construcciones de murallas de tierra cocida y rosa, de escalonados secadores de viandas, de galerías para los sacerdotes, de capitanías; los patios inmensos del veterinario; las duras prestaciones para el mantenimiento de los caminos arrieros, de senderos en espiral en las gargantas; las fundaciones de hospicios en lugares incultos; las escrituras a la llegada de las caravanas y los licenciamientos de escoltas en los barrios de los cambistas; las popularidades nacientes bajo el tejadillo, ante las tinas de fritada; el protesto de títulos de deuda; las destrucciones de bestias albinas, de blancos gusanos subterráneos, las hogueras de zarzas y de espinos en los lugares contaminados de muerte, la fabricación de un hermoso pan de cebada y sésamo; o de escanda; y el vaho de los hombres en todos los lugares…

 

¡ah! toda suerte de hombres en sus vías y maneras: comedores de insectos, de frutos acuosos; portadores de emplastos, de riquezas! El agricultor y el adalingue, el acupuntor y el salinero; el peajero, el herrero, mercaderes de azúcar, de canela;  de copas para beber en metal blanco y lámparas de cuerno; el que hace un vestido de cuero, sandalias de madera y botones en forma de aceituna; el que da a la tierra sus obras; y el hombre de ningún oficio: hombre del halcón, hombre de la flauta, hombre de las abejas; el que halla su placer en el timbre de su voz, el que encuentra su empleo en la contemplación de una piedra verde; que hace arder para su regocijo un fuego de cortezas sobre su techo; que se hace en tierra un lecho de hojas aromáticas, que sobre él se tiende y reposa; que piensa en dibujos de cerámicas verdes para estanques de aguas vivas; y el que hace viajes y sueña con partir de nuevo; que ha vivido en un país de muchas lluvias; que juega a los dados, a la taba, al juego de los cubiletes; o que ha desplegado sobre el suelo sus tablas de cálculo; el que tiene ideas sobre la utilización de una calabaza; el que arrastra un águila muerta como un haz de ramas tras sus pasos (y la pluma es donada, no vendida, para el empenacho de los cercos); el que recoge el polen en un vaso de madera (y mi placer, dice, está en este color amarillo); el que come buñuelos, gusanos de palma, frambuesas; el que ama el sabor del estragón; el que sueña con un pimiento; o también el que masca una goma fósil, que lleva una concha a su oído y el que espía el perfume de genio en las grietas frescas de la piedra; el que piensa en el cuerpo de mujer, hombre libidinoso; el que ve su alma en el reflejo de una cuchilla; el hombre versado en las ciencias, en la onomástica; el hombre favorito en los concejos, el que bautiza las fuentes, dona bancos bajo los árboles, lanas teñidas para los sabios; y hace empotrar en las encrucijadas muy grandes cuencos de bronce para la sed; aun mejor, el que no hace nada, tal hombre y tal en sus maneras, y tantos otros todavía! los recogedores de codornices en los repliegues del terreno, los que cosechan en las malezas huevos con pintas verdes, los que se apean del caballo para recoger cosas, ágatas, una piedra azul pálido que tallan a la entrada de los arrabales (a manera de estuches, tabaqueras, broches, o de bolas para rodar en las manos de los paralíticos); los que pintan silbando cofrecillos al aire libre, el hombre del bastón de marfil, el hombre de la silla de mimbre, el ermitaño adornado con manos de niña y el guerrero licenciado que ha plantado su lanza en su umbral para atar de ella a un mono… ¡ah! toda suerte de hombres en sus vías y maneras, y de repente! aparecido en sus ropas de noche y zanjando a la redonda toda cuestión de precedencia, el Cuentista que toma sitio al pie del terebinto…

 

¡Oh genealogista en el mercado! ¿cuántas historias de familias y de filiaciones? –y que el muerto se apodere del  vivo, como está dicho en las tablas del legista, si no he visto yo toda cosa en su sombra y el mérito de su edad: los depósitos de libros y de anales, los almacenes del astrónomo y la belleza de un lugar de sepulturas, viejísimos templos bajo las palmeras, habitados por una mula y tres pollas blancas– y más allá del círculo de mi ojo, muchas acciones secretas en camino: los campamentos arriados al conocer noticias que se me escapan, los descaros de pueblos de las colinas y el cruce en odres de los ríos; los jinetes portadores de cartas de alianza, la emboscada en los viñedos, las empresas de los pillos en el fondo de las gargantas y las maniobras a campo traviesa para el rapto de una mujer, los regateos y los complots, el ayuntamiento forestal de bestias bajo los ojos de los niños, y convalecencias de profetas en el fondo de los establos, las conversaciones mudas de dos hombres bajo un árbol…

 

pero por encima de las acciones de los hombres sobre la tierra, muchos signos en viaje, muchos granos en viaje, y bajo el ázimo del buen tiempo, en un gran soplo de la tierra, toda la pluma de la siega!…

 

hasta la hora de la tarde en que la estrella hembra, cosa pura y empeñada en las alturas del cielo…

 

¡Tierra arable del sueño! ¿Quién habla de edificar? –He visto la tierra distribuida en vastos espacios y mi pensamiento no se distrae del navegante.

 

CANCIÓN

 

Mi caballo detenido bajo un árbol cagado de tórtolas, silbó un silbo tan puro, que no hay sorpresas a sus laderas que cumplan todos estos ríos. (Hojas vivas en la mañana son a la imagen de la gloria…)

 

Y no es que un hombre no esté triste, pero levantándose antes del día y manteniéndose con prudencia en comercio con un árbol viejo, apoyada la barbilla en la última estrella, ve en el fondo del cielo ayuno grandes cosas puras que giran a placer…

 

Mi caballo detenido bajo el árbol que arrulla, silbó un silbo más puro… Y paz a aquellos, si han de morir, que no vieron este día. Pero de mi hermano el poeta se han tenido noticias. Ha escrito de nuevo una cosa dulcísima. Y algunos tuvieron de ello conocimiento…

 

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