“Historia de una historia que no existe”, de Antonio Tabucchi

Tengo una novela ausente que tiene una historia que deseo contar. La novela se llamaba Cartas al capitán Nemo, título cambiado posteriormente por Nadie detrás de la puerta. Nació en la primavera de 1977, me parece, durante quince días de vida campestre y de arrobamiento en un pueblecito cerca de Siena. No sé bien qué fue lo que me la dictó: en parte ciertos recuerdos, que en mí se mezclan casi siempre con la fantasía y que, por lo tanto, son poco fiables; en parte la urgencia de la propia ficción, que tiene siempre un peso no desdeñable; en parte, la soledad, que a menudo es compañera de la escritura. Sin reflexionar mucho, de la historia hice una novela (un cuento largo) y la envié a un editor que la encontró demasiado elusiva, un tanto esquiva y, desde su perspectiva de editor, no muy accesible y descifrable. Creo que tenía razón. Con toda franqueza no sé cuál era, literalmente hablando, su valor. La guardé en un cajón para dejarle reposar un poco, porque ala oscuridad y el olvido les sientan bien a las historias, creo. Quizá la olvidé verdaderamente. Volvió a mis manos algunos años después y su hallazgo me produjo una extraña impresión. Surgió de pronto en la oscuridad de una cómoda, bajo una masa de papeles, como un submarino que emergiera de oscuras profundidades. Leí en ello una evidente metáfora, casi un mensaje (la novela hablaba también de un submarino); y como si fuera una justificación, o una explicación (es curioso cómo las novelas pueden provocar complejos de culpabilidad), sentí la necesidad de una añadir una nota conclusiva, la única cosa que queda de todo aquello, con el título que todavía hoy conserva: Más allá del fin. Me parece que era el invierno de 1979. Añadí un retoque a la novela y luego se la confié a un editor que me parecía más idóneo, por sus características, para publicar un libro de no fácil lectura. Mi elección se reveló justa, el acuerdo se alcanzó rápidamente y prometí la entrega para el otoño siguiente. Sólo que, durante las vacaciones estivales, me llevé el manuscrito en la maleta. Había permanecido solo tanto tiempo, tenía necesidad de compañía, lo sentía. Lo releí a finales de agosto. Me encontraba en una vieja casa a la orilla del Atlántico, habitada por el viento y los fantasmas. No se trataba de mis fantasmas, sino de fantasmas de verdad: penosas presencias que para percibir era suficiente un mínimo de atención o de disponibilidad. Por otro lado yo tenía una atención particularmente agudizada, en aquel momento, porque conocía bien la historia de aquella casa, y también a las personas que la habían habitado: y éstas, por las inexplicables coincidencias de la vida, habían entrado, de algún modo, a formar parte de la mía. Entretanto, ya había llegado septiembre, con marejadas furiosas que anunciaban el equinoccio; en la casa a veces faltaba la corriente, los árboles del parque tenían brazos inquietos, durante la noche los pasillos estaban llenos de gemidos de la vieja madera; venían escasos amigos a cenar, los faros de sus automóviles dibujaban haces blancos en la oscuridad, delante de la casa había un acantilado con una caída estremecedora, allá al fondo se arremolinaban las olas; yo estaba solo, esto lo sabía con certeza, y en la soledad de la existencia, las inquietas presencias de los fantasmas buscaban contacto. Pero no son posibles verdaderos diálogos, hay que resignarse a lenguajes extravagantes, intraducibles, confiados a estratagemas inventadas en el momento. Nada encontré mejor que confiar en el lenguaje de una luz. Había un faro en la otra parte del golfo. Emitía dos luces y tenía cuatro intermitencias. Con las combinaciones de estas variables inventé un lenguaje mental muy aproximativo, pero suficiente para una conversación básica. Algunas noches ocurría que tenía insomnio. La vieja casa tenía una gran terraza y me pasaba la noche hablando con el faro, es decir, sirviéndome del mismo para transmitir mis mensajes o para recibirlos, según el momento –todo ello establecido por mí, naturalmente–. Pero algunas cosas son más fáciles de lo que creemos; por ejemplo, es suficiente pensar: esta noche transmito; o bien: esta noche recibo. Y el asunto está arreglado.

En aquellas noches recibí muchas historias. Transmití poco, lo confieso, la mayor parte del tiempo la pasé escuchando. Aquellas presencias tenían el deseo de hablar, y yo estuve escuchando sus historias, intentando descifrar comunicaciones a menudo alteradas, oscuras e inconexas. Eran historias infelices, en su mayoría, esto lo percibí con claridad. Así, entre aquellos diálogos silenciosos llegó el equinoccio de otoño. Aquel día sobre el mar se abatió una borrasca, lo sentí mugir desde el alba; por la tarde, una fuerza enorme sacudía sus vísceras. Por la noche, gruesas nubes descendieron por el horizonte y la comunicación con mis interlocutores fue interrumpida. Hacia las dos de la mañana, después de esperar inútilmente la luz del faro, fui hasta el acantilado. El océano gritaba de un modo insoportable, como si estuviera lleno de voces y lamentos. Llevé conmigo la novela y la entregué al viento, página a página. No sé si fue un tributo, una ofrenda, un sacrificio o una penitencia.

Desde aquel día han pasado varios años y ahora aquella historia escrita hace mucho tiempo surge de nuevo desde la oscuridad de otras cómodas, desde otras profundidades. La veo en blanco y negro, como acostumbro soñar; o bien con colores difuminados y muy tenues; y todo con una ligera niebla, un velo sutil que la suaviza y la pule. La pantalla en que se proyecta es el cielo nocturno de un litoral atlántico, frente a una vieja casa que se llamaba São José da Guia. A aquellos antiguos muros, que ya no existen como yo los conocí; y a todas las personas que antes que yo la conocieron y habitaron, esta novela que no existe, obligatoriamente, está dedicada.

(Antonio Tabucchi, Los volátiles del Beato Angélico, Editorial Anagrama, Barcelona, 1997, p. 58-61)

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