“El destierro”, un cuento de Antonio Montaña

“El destierro” es la historia de una dilatada indecisión; la historia de un poeta varado en un presente neutral a cuyo teatro de pesadez sólo es posible contraponer la memoria (bastardeada a causa de tanta manipulación) del éxito fugaz que le granjeó años atrás la publicación de un libro. Al lento deterioro del único ejemplar que conserva de él (que es además el único libro que ha sobrevivido al desmonte de su biblioteca), corre la constatación de haber atravesado una estación de su declive de la que ya no hay regreso; de haber llegado a esa nada que se extiende después del final, que diría Sònia Hernández en La mujer de Rapallo. La renuncia anticipada al saber implícito en esa única sabiduría que podemos adquirir, la de la humildad tal como la asumía Eliot, se lleva a cabo para corresponder -y tratar de aprehender- a los elementos más visibles de la fama, a esos cuerpos de superficie que dejan ver únicamente su faz de beneficio, mientras ejecutan, desde dentro, un devastador ejercicio de derribo.

Aunque pueda parecer injustificable en la era Google, debo admitir que de Antonio Montaña no sé absolutamente nada, pero quisiera, al menos por ahora, permanecer así, en esa ignorancia que en parte ha influido en la decisión de transcribir este relato. Montaña es pues para mí el autor de un solo relato que advierte contra los peligros de la falsa vanidad de la escritura (de la vanidad en general), pero también (y me siento tentado a escribir que más profundamente) se trata de una lección en torno a la escritura como ejercicio constante, como materia contraria a la obstinación de una sola conquista. Lo decía Arnaldo Calveyra: Cuando se escribe un poema –cuando se escribe– es difícil emocionarse, hay que estar frío. Los logros en la escritura se celebran en voz baja.


Ella cerraba la tienda a las siete de la noche, cuando en el pueblo habían encendido la planta de energía y los bombillos palpitaban su luz opaca atrayendo polillas, zancudos de patas largas y uno que otro abejorro trasnochado que golpeaba las paredes del kiosko en donde servían la cena poco después. Los insectos revoloteaban también en la tienda, en torno de la lámpara que él encendía y colocaba sobre la mesa. Se había acostumbrado a ellos y no le importaba ya que cayeran en torno suyo, atontados, zumbando bocabajo sobre la madera, o que enceguecidos caminaran sobre el libro y se desplomaran de las páginas a la anillada humedad que el vaso de aguardiente iba dibujando sobre la mesa. No le importaba eso. Tampoco el ruido de cubiertos y platos en el jardín: sordo rumor que el viento traía y llevaba junto con el aroma de las ceibas y manos que sombreaban el patio. Inclinaba la cabeza y, escuchando su propio silencio, dejaba caer el cuerpo contra el respaldo de la silla, cerraba los ojos para sentir el árbol de la borrachera crecer entre sus arterias; alargarse estriado, duro y blando a la vez en ramas que el viento de su diálogo interior movía ya huracanada, ya melancólicamente. Y si los crujidos y bamboleos sonaban al ritmo de su corazón, sorbía de la botella una bocanada espesa y fruncidora; la dejaba resbalar a saltos gaznate abajo: se le caía el mentón, centelleaba fibrando la luz y poco a poco llegaba el dulce sopor: estarse yendo con lentitud, hoja mecida en la corriente, hacia adelante, adelante, hacia lo luego del sueño.

Babeaba sobre las páginas del libro, coronado por sabandijas que se paseaban desconcertadas y torpes sobre el pelo húmedo de luz y grasa; tejido en raíces oscuras, disparadas al cielo y al abismo. Las páginas del libro ya de amarillo negruzco y arrugado; hechas como de burbuja seca o desolló de animal. Lo abría y paseaba los ojos sobre los renglones arrugados, leídos y vueltos a leer, sabidos de memoria antes siquiera de haber sido impresos, cuando los llevaba en el portafolio, a las reuniones, al café o al editor, en la misma época en que sonrisas y palabras íbanle dibujando en nombre de la fama en la imaginación. Lo sabía de memoria diez años antes de ahora, en la capital, recién llegado de la provincia: “…joven inteligente a no dudarlo y dueño de un estupendo idioma y un nuevo sentido…”; sin embargo ya era capaz de recitarlos, porque ahora, con las primeras frases otras acudían a su voz y se le iban mezclando. Y en lugar de completar el verso del poema, decía: “El fieltro es bueno, cuesta a treinta pesos el metro,” o si no lo decía, lo pensaba: bailaban los precios en el cráneo y tenía que cortar el ritmo, inclinar la cabeza y alzándola tomar un trago de la botella. Esto, desde hace mucho tiempo, sólo que hora agudizado, pues en el momento en que debe completar la imagen, ve una lista de precios y el rostro del goajiro (el rostro, porque todos son iguales y hablan de lo mismo: una insistente petición de rebaja). “Allí no más me la dan más barata” y miran señalando el extremo de la calle –“allí no más”–. Y es necesario regatear durante horas y horas con el mismo hombre, con la misma tribu, y así, meses y años. Sólo ellos iguales: “allí no más me la dan más barata”. Ya no puede escribir otro: le dijeron: “estás acabado como poeta y como hombre”. Ellos mandan en la ciudad. Son los dueños de la fama. Ellos están en la ciudad, sentados, “y nosotros los muertos nos quedamos en la provincia y nos vamos pudriendo poco a poco”. Esto se lo había escrito a un amigo, recién llegado de la fama y salido de la iglesia, cuando se había dado cuenta de hacia dónde iba y de quién era ella, aunque no lo supiera, no la conociera tanto como ahora. Entonces ella (su mujer) sonreía y apenas si hablaba; dos meses después (la casa olía a pintura y los muebles estaban limpios, como recién salidos del almacén) mostró su verdadera cara: eso que llaman carácter. Y él ya no pudo dominarla. Recordó a su padre, siempre humillado por gritos, cabizbajo, flaco y con las manos metidas entre los bolsillos, amasando su desgracia entre los dedos como una bolita oscura que fuera menester ocultar de los otros, aunque se le moviera entre los ojos. Y amasó él mismo su propia desesperación, mojando la pasta en aguardiente, bajo el viento tibio que las aspas del ventilador agitaban a las siete de la noche en la penumbra de la tienda.

Abría el libro oyendo el rumor de las conversaciones iniciadas bajo el kiosco, el ruido de los tenedores golpear con intermitencia los platos de loza, y las carcajadas de los parientes; jugaba  los dedos sobre los bordes de la vieja fotografía y recomenzaba esa faena de lectura, interrumpida sólo por la llegada de ella, o interrumpida un poco antes, cuando lo conocidos pasos resoban sobre el cemento del corredor, y los goznes chirreaban bajo el impulso de la mano y del peso del cuerpo.

Apuró un trago. Las mariposas de vuelo pesado y alas espumosas revoloteaban contra el techo y tejiendo espirales descendían hasta la lámpara contra cuyo vidrio se estrellaban. Se escuchaba a lo lejos la voz de una radio y desde uno de los cuartos llegaba el llanto de un niño, lejano y apagado un momento antes; insistente ahora: convertido de pronto en ruido de metal y madera, entrado con la horizontal raya de luz, agudo e insistente a la vez. Volvió la cabeza. Envuelta en la neblina estaba ella, como hecha o surgida de una capa de sucio algodón, opacando el lloro con su voz que sonaba igual que siempre, increpándole: “Imbécil, borracho”, y las otras palabras.

Ahora le quitaría de la mesa la botella –lo supo desde que la vio entrar– le quitaría de la mesa la botella que dejaría a su alcance mañana, quizá más llena de aguardiente que hoy, quizá tan llena como estaba antes de sentarse a tomar el primer trago; la retiraría con lenta violencia, sin decir nada, mirándolo desde la interrumpida penumbra de su cuerpo, y callada, como si en el umbral agotara su repertorio de palabras. Volvería la espalda sin preocuparse de nada más, sin ver cómo los dedos del hombre se entretejían y blanqueaban en las coyunturas; saldría sin mirar si quiera la súplica que subía a los ojos enrojecidos, junto con el odio silencioso, el giro lento de la cabeza desgreñada que seguía sus pasos de tela; oyendo tan sólo a veces, cuando transponía la puerta, el murmullo de la voz llamándola: “Marta”, o no llamándola: diciendo su nombre en tono vencido, humillante; su nombre dejado caer de los labios hacia la indiferencia; las sílabas espesas pronunciadas una sola vez antes del ruido: el golpe sobre la mesa, acolchado por las lágrimas de aquel libro.

La veía y la vio en la puerta, con los brazos en jarra y los pies sólidamente plantados en tierra, las piernas gruesas transparentando bajo la tela, e inundada por esa luz blanquecina de la “Coleman” que colgaba del gancho en el corredor y el viento bamboleaba. La sombra, alargada, barría la habitación de extremo a extremo, pasando sobre la mesa y el libro, quebrada en los anaqueles y bajo el mostrador y se iba empequeñeciendo, retrocedía, al encontrarse con el amarillo resplandor de la otra lámpara, la que él apagaba después, a media noche, o que consumía la vigilia con el sueño. La sombra caminaba antes que ella, prendida a la inmovilidad de la mujer y luego se iba quedando atrás, rezagada o cómplice en el avance, bifurcada y pequeña, temerosa quizá de la otra: la que pesaba contra la mesa, inmóvil; más que sombra reflejo y que después arrastraba luces contra el techo acompañada de la tercera gigante oscuridad.

Pero la sombra aún no había retrocedido: olisqueaba el suelo alargada e inquieta. Y las palabras que estallaban airadas en el marco de la puerta, llegaban envueltas en el vaho, comprimidas en una respiración de buey invisible que se elevaba del suelo y descendía del techo agitada y removida por la misma fuerza inexorable, nacida quizá no ahora ni mucho antes, sino desde el principio mismo de las cosas y en la que no parecían navegar insectos o ruidos; demasiado aterradora  y fuerte en sí misma para que en ella cupieran otra cosa que palabras, esas palabras sin cuerpo que de dichas y repetidas carecen de significado, y que cuando dejaron de resonar, aludiendo a un avance inminente, habían dejado de existir para siempre en los oídos de él, cuya cabeza caía antes que el castigo, aquella noche, golpeando el comienzo del sueño hacia la nada.

Ahora podía estar en el mostrador, alargando la tela con los dedos, frente a ese rostro cien y cien veces visto antes, que lo miraba en silencio, vigilante, pero también temeroso, cuando él media metros de percal rebajados casi a precio de pérdida, mientras intentaba buscar en su cabeza la réplica justa a la que el indígena diría nuevamente sobre la rebaja y el vecino, y mientras calculaba también cuántas horas faltaban para las siete o las seis de la tarde, cuando ella se levantaría del escritorio hacia el rincón, para alcanzar la pértiga con la que bajaba las chirriantes cortinas. Y podía estar en el patio, bebiendo en la mañana el agua tibia del barril, rodeado de hijos que no eran los suyos: mocosos oliendo a orines y semidesnudos si no desnudos del todo, que lo miraban curiosos, como idiotas con las panzas al sol, amurallados tras de su cobarde debilidad. O podía estar como antes, mirando la sombra acortarse en busca de la botella que quiso buscar cuando el amigo llegó a la tienda desafiando la ira sorda de la mujer con su amplia sonrisa ciudadana de hombre triunfador. Lo vio venir desde lejos, atravesar la calle polvorienta a grandes pasos y gritar “Carlos” desde la puerta, antes de que él hubiera gritado “Juan” y caminando hacia la puerta; antes de que la mujer hubiera tenido tiempo de amenazarlo con el silencio y sus ojos de indígena, como lo hizo cuando ellos se estrechaban las manos, impidiéndole con su gesto aceptar la invitación a salir al café. O podía estar en el café oyendo los triunfos de Juan como había escuchado Juan sus triunfos, y revisando el libro de Juan como Juan había ojeado el suyo antes de probar su propia fortuna y fuerza. Pero estaba acostado sobre la mesa, mirando la espalda de tela floreada huir hacia el corredor, mientras él la llamaba: “Marta” y miraba empequeñecerse la botella, en la mano de ella, y se tanteaba la frente, pegajosa,  plagada de una diferente humedad a la del sudor, y se olía en las manos el petróleo  que derramara al golpear con la cabeza la lámpara y volcarla, reanudando los insultos: “Atrévete a impedir que lo haga… borracho, sinvergüenza y vuélvete mierda la cabeza si quieres, que al fin de nada ha servido”. Hubiera querido levantarse, quitarle la botella, pero algo manchaba el libro, no sólo el petróleo, sino algo más oscuro, como goteras de un rojo aguacero caído de pronto sobre la mesa y que él limpiaba del libro con la pernera del pantalón, pero que volvía a llover cuando lo acercaba a los ojos a examinarlos.

Llegaron a la casa un día de agosto, cuando ellos si apenas habían tenido tiempo de instalarse y Marta había anunciado que tal vez estaba en cinta. Aparecieron en la sala, sentados en las sillas mecedoras y examinando todo con impertinente cuidado. Y después llenaron el patio con pañales puestos a secar y ocuparon dos cuartos en cuyas paredes florecieron pronto almanaques de la “Ford Motor Company” y de la “Cía. de Hilados La Generosa” y retratos gris-amarillentos con fondos de paisajes de papel; rostros en tensión ante la inminente inmortalidad, inexpresivos y pasados de moda, ante cuya presencia no pudo dejar de sonreír con cierta molesta complicidad ante el ridículo, y sonrojarse, como si hubiera él tenido algo que ver en el asunto.

Fue en septiembre cuando el primer retrato de aquellos apareció colgado en el salón-recibo, en lugar de la reproducción de “…esas cosas que le gustan a él y que pintan mejor mis niños…”. Fue el retrato retocado con lápices de color, del hombre que se peinaba con raya al medio, y cuyo pelo parecía con su negrura ser algo independiente de la cara gris bordeada con violeta en la que caía, lacio sobe la boca dura el bigote.

–Esta también es mi casa –dijo Marta– y ese es el único retrato de mi padre, de manera que no veo por qué no he de ponerlo donde a mí me dé la gana.

Los parientes la miraron complacidos y ella volvió la mirada añadiendo

–Ya estoy aburrida de tus maneras de gran señor. Todo, porque has escrito un libro que ni siquiera nadie el pueblo ha leído.

Fue aquella la primera palabra dura. Hasta entonces había Marta guardado un homenaje de silencio y respeto a la gloria pasada de su marido, o la todavía gloria, pues aún llegaban en recortes de periódicos, artículos publicados por amigos y cartas con voces de aliento que se quedaron sin contestar cuando Marta vendió la máquina de escribir y él ocupó las primeras veladas con sorbos solitarios de aguardiente y lecturas dispersas hechas bajo la luz de la lámpara  de petróleo, en la sala-recibo, que un día, así como había sido invadida por los parientes, fue también invadida por los obreros, que retiraron el librero y empaquetaron los volúmenes en cajas olorosas a jabón ordinario, y clavaron estanterías, ampliaron las puertas y colocaron un letrero “Tienda de telas el Progreso”, amplio surtido a precios bajos, y retiraron también el retrato del hombre peinado con raya al medio, y los otros, sus reproducciones, cuya suerte él ya jamás pudo conocer, pero que debieron ser regalados o vendidos, o simplemente quemados por ella y por ellos una noche como las otras, porque entonces sólo quedaron en las paredes los retratos que ellos trajeron en agosto, y los retratos y litografías que ella sacó de un cajón y que “son míos, de cuando no me había casado con un inútil”. Un niño, recortado de una revista, que orinaba en el agua entreteniéndose en la contemplación de círculos concéntricos; un perro tendido a los pies del amo, entre la nieve; un torero asesinando, –su vestido de luces brillando en la penumbra del cuarto– a una joven de mirada ardiente, y a una mujer, al pie de un nevado, cuidando con su pasiva tristeza indígena a un guerrero azul, pero vestido con las plumas del combate.

Al almacén llegaron los compradores y él hubo de atenderlos, interpretando signos y a veces dialectos, y conocer la cantinela: “Allí al frente me lo dan más barato”, mientras  que los parientes ocupaban el tercer cuarto: “Los niños no deben dormir con nosotros y no hay razón para que usted no ceda el cuarto pequeño, que no le sirve para nada, sino para recibir a los amigos para que se emborrachen, o emborracharse usted solo, bebiéndose la plata que Marta ha puesto en el almacén. Nosotros tenemos derechos a utilizarlo, porque somos lo que somos, y no somos unos infelices capaces de provocarle un aborto con las preocupaciones”.

En un principio él tuvo valor para enfrentárseles; para enfrentarse a todo y gritar, y para salir a la calle en busca de conocidos, al café. Allí en las mesas, escucharon al principio sus palabras con respeto, hasta cuando él apareció ante el mostrador de la tienda “El Progreso”, como un comerciante o un empleado con tanto futuro como el vecino, y vigilado siempre por la mujer, que decían, era en verdad la propietaria y que casi no hablaba, no a los clientes, con quienes mantenía una rigurosa cortina de sonrisas cordiales, sino con él, a quien parecía respetar bien poco a juzgar por el tono con el que se le dirigía; pero también dejaron de reunírsele, porque no pagaba jamás las cuentas y, dijeron ellos, ya creía que con hacerse el intelectual y el ilustrado, bastaba para tomar cerveza y humillar a los trabajadores realmente honrados y conocedores de sus negocios, no dependientes borrachos que le pegan a los sobrinos de su mujer, y que además es incapaz de tener un hijo porque sólo piensa en lo que escribe y le falta sangre para acostarse con ella.

–Es igual que su padre, un paranada. Hasta eso se hereda. Son señoritos para la ciudad, no gente honrada y sana de provincia. No saben vivir con la gente que vale. Eso es: no saben vivir. Son unos hijos de…

Ella cerraba la tienda a las cinco de la tarde, cuando aún había luz. Ella podía cerrar la tienda a las dos de la mañana. Ella cierra la tienda a las siete de la noche. Ella cierra la tienda cuando se le da la gana, eso es todo. O podía hacerlo. Ella cierra la tienda cuando saca la botella de aguardiente y la llena hasta el justo nivel, y la deja caída entre las telas, a su alcance. Y la tienda queda cerrada cuando él ha tomado el primer trago, pero puede dejarla abierta para que él salga, camine hasta el centro, el café de la plaza, que tiene luz de neón, no de petróleo, y allí se siente a pensar en que la tienda pudo estar abierta. Pero no. La tienda se cierra y la pértiga queda en su rincón. Y él está ante la mesa, leyendo el mismo libro y hablando con ellos, que tal vez ahora también pidan rebaja. Y se mira las manos, curiosamente oscurecidas: color vestido de mi padre.

Él tenía el sombrero ligeramente asido del borde del ala, y la mano separada del cuerpo, como separado del cuerpo también el antebrazo, aéreamente inmóvil ahora para siempre. La sombra de la aveza agrisaba la pechera de la camisa, demasiado blanca, sin embargo, bajo el rostro de párpados caídos, cadavérico bajo su máscara gris. Ante el fotógrafo tuvo más vida: se caló el sombrero y limpió el paño cereza oscuro de su vestido, que el polvo había ensuciado, y tomando de la mano al niño, le dijo: “sonríe”. Ahora, inmovilizado entre las páginas del libro, con los pantalones quebrados por una irregular línea blanca, parecía sonreír al notar que su vestido recordaba al viejo color original, y sonreía quizá cuando giró en el aire volantinero, cara y espalda a la piedra dura. Y caído al fin, boca arriba, y nuevamente enmohecido en su silencio de puntas arrugadas, miró salir al tambaleante hijo, sin decirle nada. En el techo un bulto penumbroso se agitó y empequeñeciéndose, dejó ver la cara que descendía, con la boca abierta, goteando de la frente el-color-vestido-de-hace-treinta-años, y luego, aparecieron los dedos, o la mano, que le cambió la postura. Y vio crecer letras, sometido siempre al antiguo silencio, a su eterna condición de gris inerte espera, a su mudez enterrada en un libro de poemas.

Estamos sometidos. Estamos atravesando un pantano en donde el agua nos llega comiéndonos poco a poco, porque ella sirve todos los días la misma cantidad de cieno para que nosotros nos ahoguemos y los niños vengan a orinar encima para mirar los círculos y luego vengan las indias a vigilar nuestra muerte de treinta pesos metro –porque allí nos lo dan más barato. Eso es todo, Padre. Eso es lo que hacen ellas para que nosotros vivamos y los libros tengan algo cayendo de pronto porque no salen a mirar la calle. Ya no se puede sobrevivir. Hay demasiados hombres con el pelo partido en medio par que uno pueda hacer poemas de sí señor se la rebajo pero pierdo. Ni él, ni Juan, ni nadie, ni Carlos, ni Carlos ni Juan, ni siquiera el torero, puede hacer poemas, porque de pronto, cuando uno no quiere que le quiten la botella, principia a llover algo oscuro y tú y yo estamos caídos en el suelo, porque las lámparas de petróleo se derraman y no hay quien venga con el cuento de que tal vez la tela fuera roja. Eso es lo que voy  a decirle: que tú y yo nos vamos. Sí, que nos vamos”.

La puerta avanzaba hacia él, escupiéndole un aire frío, hamaqueándose de izquierda a derecha como una gran sierra blanca con un agujero en donde habían puesto un patio. Y aquel bamboleo lo golpeaba contra los marcos de la puerta, impidiéndole el paso a la pared oblicua de tierra, cuya inclinación cambiante lo acercaba y retiraba alternativamente del barril de aguas tibias, llevándolo contra el tronco de la ceiba; el tronco culebra que se escapaba hacia arriba, hasta hacerlo meter las narices en el polvo y cuya base es el eje de la masa giratoria en cuyo vértice cilindraba el barril sin perder el equilibrio, preso bajo la luz fibrileante que le toca el estómago en el exacto punto doloroso.

Y ahora camina hacia el barril, mete las manos en el agua fría, deteniendo el trompo con la firmeza de los pies clavados en tierra. Y camina hacia la puerta de la alcoba, lejana entre el nudo de paredes movedizas.

Se lo había dicho, se lo dije. Le dije que era inaguantable, que no podíamos seguir viviendo así, hundiéndonos así. Hundiéndose así, en la maldita provincia, en un almacén de telas,, cuando podía estar escribiendo para los periódicos en la ciudad, sin los puercos parientes revoloteando en rededor mío, apestosos a porquería, y comiendo como verdaderos cerdos, y ella, llevándoles la corriente, haciéndose cada día menos cariñosa; como si me odiaras; viviendo sin dignidad entre seres indignos, viviendo para nada con gente que nada tiene que ver conmigo; bebiendo un alcohol para bestias que tú me das para hundirme y humillarme cada día más que el anterior, siempre lo mismo, y quitándomelo después, como a un perro. Esa es la verdad. Lo que le importa a ella es humillarme, aplastarme como a los bichos venenosos, porque soy capaz de escribir libros y ella no puede tener hijos si quiera. Siquiera que no puedes tener hijos. Valgo más que tú, pero eres igual que ella. Eres igual que mi madre. Nos aplastan. Me aplasta como aplastaron a mi padre. Ella también, igual que tú. Tú vales menos que yo, pero me hundes en la porquería. Me hundes. Se lo dije. Se lo dije. Se lo había dicho.

Marta lo vio avanzar por el corredor, zigzageante y acercarse a la puerta como sorbido por alguna oculta fuerza. Venía sangrante, y embarrado. Lo vio detenerse en la puerta y ella, desde la cama, adelantó su cara mestiza con la amenaza abriéndole  los labios, pero él mascullaba las primeras palabras, decía:

–No podemos seguir así…, los precios han subido, la jerga cuesta cuatro veintitrés, el percal tres con veintiocho y todo treinta pesos, porque allí no le dan más barato, y en otras partes no lo consigue así, igual que mi madre, con los metros de la otra, que salen mejor y todo esto es una porquería.

Cayó lentamente, como el títere que pierde los hilos, y en el suelo, oscurecido y deforme, reanudó lenta su tranquila respiración.

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